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lunes, 19 de mayo de 2014

Arqueología, política y sociedad

La arqueología ha sido vista popularmente como una disciplina sin utilidad aparente y sin vinculación con la utilidad práctica. Esta concepción como enajenación intelectual con respecto al mundo presente carece de cualquier tipo de argumentación racional.
La arqueología ha sido, y es, un componente ideológico utilizado con distintos fines según los intereses particulares, como   la vinculación de la arqueología con las clases dominantes de cada territorio. En este sentido, el nacionalismo  se vinculó desde sus inicios a la arqueología, cuando fue empleada para justificar teorías racistas como es el caso del alemán Kossina, en 1912; mientras que, actualmente, es empleada como medio de búsqueda de identidades nacionales propias.
Las prácticas coloniales también dejaron su impronta en los restos arqueológicos de los territorios colonizados,  dando como resultado el saqueo de los restos materiales encontrados para engrosar las colecciones anticuarias. Actualmente, es considerada como práctica colonialista el hecho de que sean las potencias de primer orden las que están mejor valoradas a la hora de realizar investigaciones en países cuyas capacidades económicas son más limitadas, mientras el fenómeno inverso es considerado imposible y absurdo. Paralelamente se da el caso de la imposición de las teorías establecidas por los investigadores de las potencias económicas. Como reacción han surgido tendencias entre los posprocesualistas cuyo interés está más orientado a la defensa de las particularidades específicas de estos lugares “colonizados” y a la renovación de las teorías que ya no son seguidas en occidente para favorecer este desarrollo de las investigaciones locales.
Otro fenómeno es la llamada arqueología marginal, cuyas reivindicaciones tienen por objetivo la posibilidad de disfrutar de los restos arqueológicos por parte de la población para satisfacer los deseos de colectivos como los aficionados a la arqueología o los aprensivos de las religiones antiguas y las teorías acerca de los alienígenas. El conflicto  se inició con las negativas de las instituciones académicas a ceder sus materiales a estos colectivos cuya cualificación para trabajar con esos restos no está demostrada.  Estos colectivos han logrado cierto reconocimiento en los últimos años, de forma que se les autoriza a acceder a determinados monumentos.
Por último, destaca la importancia que está adquiriendo las nuevas concepciones acerca de la mujer en los yacimientos arqueológicos. Esta nueva arqueología del género pretende el reconocimiento de la mujer dentro de las construcciones sociales. El ámbito de trabajo en que se centra la arqueología de género abarca un espectro dentro del cual figura  el cambio en las expresiones del lenguaje para evitar las referencias constantes a la figura masculina y cambiarlas por términos que incluyan a ambos sexos. Otro aspecto es la búsqueda y estudio de las diferencias de género y el papel de la mujer en cada sociedad. Junto a esto, se sitúa las posturas  que cuestionan la total objetividad de ciertas teorías elaboradas por investigadores masculinos, puesto que no toman en consideración las distintas interpretaciones que pueden tener investigadores de género femenino dadas las distintas construcciones cognitivas que tienen ambos géneros.
Por último, a modo de conclusión, se hace evidente la vinculación de la arqueología con la realidad social que la rodea. En origen, la arqueología era una actividad lúdica que satisfacía la curiosidad de la aristocracia europea. Esta concepción cambió tras el ascenso de la burguesía, cuya necesidad de un mercado unificado y protegido le llevó a emplear la arqueología como forma de construcción y legitimación de un marco nacional. Finalmente, el autor muestra su propia visión de la arqueología y las necesidades que debe solucionar. Manifestando su rechazo a las concepciones positivistas que, buscando una supuesta objetividad, se olvidan de la realidad social, de modo que favorecen a la legitimación del sistema vigente. Así mismo, muestra su rechazo a las concepciones funcionalistas y evolucionistas que plantean una falsa estabilidad en las relaciones sociales y los valores morales e ideológicos. Por ello, explica que el libro tiene como objetivo potenciar las teorías con una visión crítica.  Para él, la arqueología debe ser un medio para construir y cambiar la sociedad del lado de los desfavorecidos.  Para finalizar, realiza una crítica al sistema universitario actual como institución destinada a servir a los intereses económicos más que para difundir los conocimientos esenciales para una conciencia crítica. En este sentido, hace un llamamiento final a la conciencia de los profesores universitarios para que abandonen sus costumbres individualistas y competitivas por el prestigio y la carrera institucional, de forma que cesen en su empeño por cumplir determinados requisitos burocráticos  perjudiciales para la calidad intelectual.

6. Conclusiones.

La arqueología es una ciencia que ha sufrido una larga variación a lo largo de la historia. El concepto de arqueología es muy diverso, sin consenso entre los investigadores. La arqueología no fue ajena a las discusiones filosóficas y políticas del siglo XIX y XX. De la mano de la discusión general sobre la ciencia, sufre cambios que la bifurcan en dos corrientes principales que serían, por un lado, las que piensan en la objetividad de los datos, y por otro lado, las que consideran subjetivos y parciales las informaciones con lo que se debería volcar en el cambio social.

La arqueología es una ciencia como tal, pero al tratar ámbitos de estudio interdisciplinares se complementan con el resto de ciencias, tanto sociales como naturales.

La arqueología post moderna

Las discusiones en torno al postmodernismo en el ámbito científico afectaron a la Arqueología como a cualquier otra ciencia. Aun así hemos considerado oportuno desarrollar la evolución de este proceso de cuestionamiento de la razón tradicional, puesto que sin él, no se entenderían los cauces que tomó la Arqueología hasta los tiempos actuales.
Con las reflexiones de Thomas S. Kuhn, el concepto de ciencia empírica tradicional empezará a tambalearse. Kuhn eludió debatir el concepto de ciencia y dedicó sus esfuerzos a investigar como habían trabajado los grandes científicos de la historia. Se dio cuenta de que estos habían investigado en torno a un modelo teórico general, al que llamó paradigma. Este paradigma que no se hacía explícito casi nunca, se expresaba y aprendía indirectamente a través de la práctica experimental. Los paradigmas estaban vigentes durante un tiempo que denominó de "ciencia normal". Según Kuhn, en ocasiones, los problemas que la ciencia no podía explicar o "anomalías" se hacían demasiado numerosos, haciendo que el sistema entrase en crisis y nuevos paradigmas sustituyeran al anterior, a este periodo lo llamo de "ciencia extraordinaria". Cuando un nuevo paradigma sustituía al anterior nos encontrábamos ante una revolución científica.
La teoría de Kuhn a priori innocua tomó un cauce revolucionario cuando este afirmó que quien decide en cada momento histórico la forma del paradigma es la comunidad científica, y no ningún criterio absoluto de verdad, cuestionando el concepto clásico de razón absoluta. Las consecuencias de esta última parte no fueron entendidas por dos de sus más brillantes defensores: Binford y Renfrew en el momento de la fundación de la Nueva arqueología, puesto que su realismo positivista chocaba con el subjetivismo que anunciaba la obra de Kuhn.
Kuhn, también concluyó que los paradigmas son inconmensurables, es decir, solo son evaluables consigo mismos, en función de su lógica particular, no podían ser comparados unos con otros. Dando una nueva estocada a la supuesta interpretación universal que debía tener la ciencia. 
La obra de Kuhn, fue publicada en un momento de intenso debate filosófico, en el que diversas tendencias intelectuales que venían desarrollándose desde el siglo XIX llegaban a su apogeo. Este es el caso de la feroz crítica que realizó Friedrich Nietzsche a la religión, moral y filosofía occidentales y su "perspectivismo" epistemológico que defendía la inevitable existencia de múltiples puntos de vista sobre la realidad. Fomentando un ambiente de cuestionamiento general de todo lo existente hasta el momento.
Poco tiempo después, Sigmund Freud destruyó indirectamente pese a su empirismo la universalidad de la moral cuando dijo que la "voz de la conciencia" no es otra cosa que "la voz interiorizada de los padres y la sociedad".
Este imparable cúmulo de reflexiones retroalimentadas empujaron en especial a los filósofos a desarrollar nuevas teorías. Conviene destacar en este aspecto a los filósofos Ludwig Wittgenstein y Martin Heidegger. Wittgestein cuestionó el motor del racionalismo de la Revolución científica al equiparar las matemáticas con un juego creado por la mente, el juego del ajedrez. Wittgetein veía las matemáticas como un conjunto de reglas y aprendidas de la práctica diaria y que solo tenían sentido interpretadas en un lenguaje que a su vez era una construcción social. Esto era así ya que las reglas dependen enteramente del contexto social y cultural que las define, y porque no puede haber lenguajes "privados" ni tampoco ningún lenguaje universal o previo a la contingencia particular de cada uno de ellos.
Las consecuencias de estas reflexiones, fueron expuestas por otros filósofos como Austin, Davidson y Rorty llegando a una conclusión: si el lenguaje es definido de cualquier manera por nosotros mismos, su correspondencia directa con una realidad exterior queda esencialmente debilitada.
Por otro lado, Martin Heiddeger realizó todo un proceso de "destrucción" de la metafísica tradicional rebajando al Ser de las alturas a su condición histórica, metido en la temporalidad concreta de las vidas humanas particulares. Concluyó que la esencia del Ser es la finitud y que nada está originariamente contenido dentro de este, lo que lleva a cuestionar el poder de la razón y negar en última instancia toda la tradición occidental basada en el logos y el espíritu.
Otro camino seguido por la progresiva deslegitimación de la ciencia clásica occidental que lleva al postmodernismo fue la sociología del conocimiento, en el que se estudia la base existencial de las formaciones mentales. Trata de ver cuál es el contexto social que hace posible o que origina el conocimiento, incluyendo toda gama de productos culturales, no solo la ciencia.
En el estudio de estas relaciones encontraríamos nombres como el de Marx, Scheler, Mannhein y Merton. En este sentido, quien primero advirtió claramente la relación entre los productos mentales y la base material fue Marx que en sus escritos de juventud expresó que "no es la conciencia de los hombres lo que determina su existencia, si no por el contrario, su existencia social la que determina su conciencia".  Estas ideas fueron desarrolladas posteriormente a medida que el marxismo fue expandiéndose políticamente. Aquí encontramos dos tendencias que parecen estar enfrentadas. En primer lugar los pensadores soviéticos como Lenin, Bujarin y Timeniev que llegaron a la conclusión de que las ciencias sociales desarrolladas por la burguesía tenían una base clasista y buscaban enmascarar el beneficio de sus intereses, con lo que solo la ciencia marxista era realmente científica. Por otro lado otros estudios aceptan que las consecuencias externas influyen en la investigación, pero de algún modo no afecta a la búsqueda de la verdad, simplemente la acelera o frena. El autor de este libro que analizamos, Víctor M. Fernández Martínez, se identifica claramente con la segunda tesis y califica los puntos de vista marxistas como "tendenciosos". Por otro lado los estudios de Webber, de Scheler, los resultados de las ideas anticientíficas predominantes en la Alemania de Weimar y las relaciones entre colonialismo y ciencia con su patente nacionalismo, dejan de manifiesto que lo social condiciona tremendamente los resultados de la ciencia.
Todos estos cambios en torno a la concepción de la ciencia han llevado al desarrollo de los nuevos movimientos "post" (poskuhnianismo, poscolonialismo, multiculturalismo, feminismo, etc.) y constituyen el "programa fuerte" de la sociología de la ciencia, representado inicialmente por la escuela de Edimburgo y luego extendido a las universidades de Estados Unidos. Este conjunto de investigadores lleva a cabo los denominados "estudios culturales" y considera que todas nuestras ciencias son construcciones sociales y lingüísticas que reflejan la ideología dominante y las relaciones de poder existentes y por lo tanto pueden y deben analizarse desde esa perspectiva además e con la visión interna de su propia lógica.
Aquí es donde se le plantea al alumno la reflexión siguiente: Si las ideas de Kuhn y posteriores muestran que los datos no son objetivos nunca al cien por cien y por tanto no se puede tener una certeza científica. ¿Por qué ese razonamiento no nos puede llevar a que la realidad tampoco existe? ya que la realidad es interpretada con el prisma del cuerpo humano. Por esta razón pensamos que pese a no ser nunca una visión objetiva total, si que podemos intentar buscar la objetividad máxima posible teniendo en perspectiva esta limitación y con la conjunción de diferentes visiones para crear hipótesis que aunque no se cumplan siempre, seguirán siendo igual de útiles.

4.1 Marxismo y arqueología marxista.

Podemos acercarnos al pensamiento marxista con en una frase del libro que dice: "los marxistas consideran lo ideológico como una mistificación de la realidad en interés de un grupo o clase dominante, convirtiendo la realidad social, histórica y por tanto contingente en una realidad natural, y por ello eterna y necesaria ("naturalización), de lo que se han encargado instituciones como la Iglesia o la historiografía tradicional.
La base del materialismo marxista se encontró en sus orígenes en el pensador idealista Hegel y el materialista Feuerbach. Del primero tomó aunque rechazando sus componentes metafísicos las ideas de la historia como un despliegue del espiritu y realización personal, de la alienación como conciencia separada de la realidad y de la dialéctica como visión de las cosas en continua contradicción y cambio. Del segundo tomó la idea de que solo invirtiendo la perspectiva tradicional, afirmando la primacía del mundo material y amando a la humanidad puede el hombre recuperar sus capacidades naturales de nuevo.
Marx, rechazó la postura filosófica clásica, puramente especulativa para busca una aplicación práctica uniendo el análisis teórico con la crítica social, y "realizando" así efectivamente la filosofía.
Por tanto, a la hora de analizar la arqueología marxista, debemos tener en cuenta que su principio fundamental y que sigue vigente hoy para sus seguidores es que "la vida social tiene sus fundamentos últimos en el modo de producción de la vida material".
En el libro se hace un análisis de parte de estos diferentes modos de producción y se comentan solamente los fallos y cambios que se han observado en las teorías de Marx, sin la adecuada perspectiva histórica. Por ejemplo, en cuanto al modo de producción tribal y al modo de producción oriental, se critica la insuficiente profundidad del estudio de Marx para los requerimientos actuales.
Los escritores marxistas, imbuyeron a la arqueología de una focalización en torno a cuando se generaron las diferencias sociales del pasado y que es lo que lleva a la sociedad de clases. Nos resultan especialmente interesantes las reflexiones del libro en torno al Modo de producción tributario (según lo calificaron Amin y Wolf), en las que se indica como los cambios sociales no se dan en general en sociedades en las que se compite por un producto, si no que se producen solo cuando la competencia pasa a ser por la distribución de los factores de producción, es decir, de las materias primas, tierras, animales, instrumentos, etc.
También el autor critica la concepción clásica del marxismo que interpretaba al estado como una herramienta para mantener la desigualdad social, calificándola de difícil de contrastar. E intenta refutarla con unos estudios etnográficos que según indica, cuando los factores de producción dejan de ser un derecho común, no se produce una transición inmediata al estado, aunque después reconoce que si que se genera desigualdad y el estado posteriormente multiplica esa desigualdad.
Revelar la tensión social y complejidad que existe dentro de una apariencia superficial uniforme, es otro de los intereses que  los marxistas han estudiado. Destacan en este aspecto los estudios de Gilman acerca de la “revolución del paleolítico superior” en los que consideraba que el arte había actuado como simbolismo. Un simbolismo que actuaba ideológicamente para transformar la realidad de las relaciones de producción, mistificando la contradicción que existía en estas y consiguiendo de esta manera evitar posibles conflictos. Este podría ser el caso de las mujeres, que pese a tener un papel activo en la producción de las sociedades quedaron relegadas a un papel menor que se ve reflejado en el arte (en las escenas de caza y venus) y en la masculinidad de los chamanes.
En definitiva, podemos concluir en primer lugar que todos estos enfoques marxistas acerca de las relaciones de poder, y como se generaron las desigualdades han influido en gran medida en la arqueología moderna. Por eso actualmente es muy común encontrar en estudios sobre los ajuares de las necrópolis, en especial en la Edad del Hierro. Interpretar si existen tumbas infantiles o tumbas de caciques llamados big men con ricos ajuares, para saber si había una riqueza hereditaria, o si había una consideración especial hacia miembros específicos de las distintas poblaciones.
En segundo lugar, debemos relacionar a la arqueología marxista con la idea de que la arqueología debe implicarse en las luchas políticas del presente. Luchar contra las concepciones históricas que la arqueología burguesa europea fue integrando en los estudios de arqueología, y descubrir las condiciones históricas que generaron las condiciones de desigualdad y opresión en las sociedades.

4.2 Estructuralismo y posestructuralismo.

En el siglo XX el lenguaje se convirtió en el centro de atención de las nuevas teorías y, especialmente, el funcionamiento de la lengua.
Saussure sentó las bases de la corriente intelectual del estructuralismo. Su pensamiento se centraba en la importancia de las relaciones entre signos. Su objetivo fue crear una ciencia general en base a la lingüística que abrió las puertas   al empleo de nuevos conceptos teóricos como paradigma o sintagma.
Lévi Strauss fue el primero en aplicar la lingüística estructural a la antropología, mediante el establecimiento de una relación entre los signos del lenguaje y su impronta en la cultura. De este modo,  para Strauss son los procesos psicológicos y las estructuras del conocimiento las que generan las estructuras de las relaciones sociales. En su investigación tomó como objeto de estudio las relaciones familiares y las construcciones mitológicas. El resultado que obtuvo fue el hallazgo de opuestos que formaba el grueso de la estructura mental. Según esta idea, las oposiciones funcionaban en la toma de ideología y la falsa conciencia, inmersas en las relaciones sociales. Sus teorías y sus seguidores fueron calificados de antihistóricos, dado el interés que profesaban a las estructuras invariables de la mente.
Posteriormente, Jacques Derrida expuso el posestructuralismo en  su mayor exponente. Al igual que Strauss, se centró en el sistema de conceptos opuestos, resaltando la preeminencia de uno de ellos mientras el otro era desestimado. Su propósito fue la desconstrucción de las oposiciones e invertirlas, de tal modo que la anteriormente marginada fuese dominante. Una de estas oposiciones era la palabra oral y la palabra escrita, siendo preferente la primera  sobre la segunda. De este modo, sus seguidores  adoptaron una posición rebelde y de crítica social manifestada en la literatura.
Por su parte, Foucault hizo hincapié en el poder como fuente de procedencia de las construcciones del conocimiento. Sería el poder quien construye cada discurso, atribuyéndole un estatus inmutable.  El sistema estaría generado por corrientes que fluirían en diversas direcciones, de modo que el poder constituiría, en parte, un hecho positivo dado que sería la base para la construcción de diversas concepciones.  El objeto de estudio que Foucault tenía era la historia de los diversos paradigmas.
El estructuralismo, en definitiva,  aplicado a la arqueología constituye  el estudio de la cultura material desde el punto de vista de lo simbólico. Se centró en la búsqueda de signos opuestos en la cultura material que conformarían la base de las concepciones de cada sociedad.

La arqueología moderna

En estos últimos años se ha hecho evidente que la información empírica está unida a la teoría, de manera que no pueden existir datos puros independientes de nuestras concepciones de partida.
Estos cambios guardan relación con los que se han producido en la filosofía contemporánea, en epistemología y filosofía de la ciencia.
Será durante la primera mitad del siglo XX cuando la ciencia decida estudiarse a sí misma y descubra que no es tan objetiva ni tan científica como pensaba. Gracias a los trabajos de Marx, Freud o Wittgenstein se fue viendo el progresivo cambio en una realidad que se consideraba firme e inamovible. Será con Popper y Kuhn cuando se muestre que la ciencia solo alcanza verdades relativas y de corta vida, y la investigación tendrá un camino duro o incluso irracional.
A día de hoy todavía nos cuesta arrancar de nuestra práctica el viejo empirismo, una postura teórica de cuya causa es la desconfianza hacia los planteamientos interpretativos generales y de que muchos trabajos arqueológicos sean un conjunto de datos con pocas conclusiones, como si los datos fueran lo más seguro.
La mayor parte de las construcciones teóricas que se aplican a las ciencias humanas se pueden agrupar en dos modelos: moderno y postmoderno.
-          Moderno: Lo identificamos con el racionalismo y empirismo. Proviene del Renacimiento y la Ilustración.
Dentro de esta arqueología moderna podemos encontrar corrientes como el funcionalismo, evolucionismo o Nueva Arqueología, que posteriormente vamos a desarrollar.
-          Postmoderno: Se ha ido desarrollado como un sentimiento de desconfianza hacia el saber del ser humano y hacia la ciencia, no solo desde el punto de vista epistemológico, sino también del  ético.
Dentro de esta arqueología postmoderna encontramos el marxismo y el estructuralismo.

3.1 Epistemología.

La arqueología que surge a mediados del siglo XX se va a inscribir en la tendencia positivista o inductivista. La base de los razonamientos será la inducción, es decir, de la observación de varios fenómenos particulares se induce un principio general. A partir de esta se deducen consecuencias prácticas.
El problema surge porque la inducción es incompatible con la pura lógica, ya que es imposible pasar con certeza de lo particular a lo general, en cuanto aparezca una excepción la ley perderá su universalidad.
Aun así, nos pasamos la vida generalizando, quizá la misma supervivencia nos pide el hábito de la repetición, como ya desarrolló Hume en el XVIII o porque sin llegar a sacar conclusiones a partir de experimentos no existiría la ciencia, como defendió Russell.
Gracias a Russell, Whitehead y Wittgenstein tras sus publicaciones entre 1910 y 1922, se crearon en varios países europeos las escuelas de filosofía de la ciencia o positivismo lógico.
Este positivismo busca por encima de todo la certeza en el conocimiento, que debe estar basado en la observación de la realidad física, la cual proporciona unos datos que son independientes de la teoría y por lo tanto sirven para contrastar la veracidad de ésta, y seguía las normas de la lógica formal, que va deduciendo consecuencias particulares a partir de principios generales y que es única y necesaria para todos los tiempos y lugares.
Uno de los aspectos fundamentales de esta filosofía es el llamado método hipotético-deductivo, cuyo proceso comienza con la formulación de una hipótesis compuesta por afirmaciones de teoría general de las que se deducen ciertas consecuencias que describen fenómenos observables. Si en la experimentación posterior esos fenómenos se muestran como ciertos, la hipótesis queda confirmada, y lo contrario ocurre si son falsos. Otro aspecto importante es que el Positivismo Lógico es que todas las ciencias comparten los mismos objetivos y los mismos métodos; las naturales dominan mejor el campo experimental y las sociales deben seguir sus procedimientos.
Será a partir de los años ‘50 y ‘60 cuando los filósofos comiencen a separarse del modelo epistemológico anterior, destacando a Karl Popper, el cual aunque estaba unido inicialmente al Círculo de Viena, desde el principio puso en duda aspectos inductivistas y positivistas. Popper no creía que los datos fuesen independientes de la teoría y que se pudieran recoger observando la realidad, ya que sin ninguna teoría de partida, cómo se sabe lo que se va a buscar.
Esto supuso un duro golpe para el inductivismo y también para la firmeza de los datos: Si dependen de las teorías que pueden fallar, también los datos pueden fallar.
La comunidad científica debe ser honesta y debe poner a prueba constantemente las teorías, buscando excepciones a las reglas o deduciendo de ellas consecuencias que no se corresponden con la realidad. De aquí surge la falsabilidad de Popper: Solo aquellas teorías que se pueden falsar, es decir, que admiten la existencia de consecuencias  empíricas posibles que podrían refutarlas, son científicas.
Pero si las teorías no se pueden demostrar, tampoco se pueden refutar de forma definitiva, y aunque a Popper se le relacione con la postura conservadora en su idea de ciencia, sus trabajos abren una puerta a la idea de relativismo.
En la década de los ‘60 toda la seguridad acumulada por el modelo moderno empezó a tambalearse, su programa empezó a degenerar.

3.2 Funcionalismo.

Se trata de una forma de argumentar dentro del paradigma moderno, el cual observa el orden aparente de las cosas como una máquina perfecta que solo necesita ser desvelada en sus engranajes.
Existen varias tensiones internas desde que se conformó en el XIX hasta hoy, cuando ya tiene poco aprecio.
Defiende la bondad y la necesidad de instituciones sociales frente al marxismo que las niega (principal oposición), y frente al marxismo y evolucionismo en términos históricos, ya que no busca una causa histórica.
Una parte interesante es el cambio que se ha ido dando con respecto a la consideración política del funcionalismo, el cual con el  paso del tiempo se va a ir identificando con el colonialismo y se va a presentar ante las autoridades de las metrópolis que financiaban la investigación de los antropólogos, como una forma de conocer.
Los datos de los antropólogos se usaron para favorecer a los elementos más tradicionales frente a los más modernos, ya es sabido que el funcionalismo ve el comportamiento humano como algo fijo que no varía, aquí podemos observar su carácter actual de teoría conservadora.
A pesar de este aspecto contrario a la historia tuvo influencia en la arqueología hasta los años 60, llegando a crearse diferentes tipos de funcionalismo como puede ser el ambiental o el funcionalismo ecológico.
Todos los principios de estos se fueron agrupando  y formando la Nueva Arqueología.
Ya podemos observar en los 50-60 como se forman grandes equipos multidisciplinares que trabajaron en zonas muy diversas como en Próximo Oriente, México o Perú y estos proyectos ya forman parte de la Nueva Arqueología.

3.3 Evolucionismo.

Será con Charles Darwin cuando se constituye como uno de los grandes paradigmas de la modernidad.
Darwin propuso el principio fundamental del mecanismo evolutivo: la selección natural. De las crías de una pareja, sobrevivirán las que presenten una variación más favorable frente al medio ambiente, podrán tener más descendencia y transmitir esos caracteres hasta que se presenten de manera uniforme. Este darwinismo cautivó las mentes más prestigiosas de finales del siglo XIX y comienzos del XX. Varios biólogos de la época combinaron la selección natural de Darwin, el mecanismo de la herencia genética de Mendel y de las mutaciones de De Vries y se acabó formando la teoría de la Evolución o Neodarwinismo. La combinación de los genes dominantes y recesivos de los progenitores explica la variación en la descendencia y las mutaciones, la aparición de caracteres nuevos a lo largo de la evolución.
El neodarwinismo presenta algunos problemas, citemos algunos ejemplos como puede ser, en primer lugar, que de la selección natural a lo largo de los millones de años deberían resultar individuos idénticos al ideal, tenderían a desaparecer los más débiles. Pero esto no es así y ocurre lo contrario, las condiciones de vida y los factores selectivos imponen la variedad.
Otra crítica viene de manos de los círculos religiosos que siguen defendiendo la idea de creación divina expuesta en la biblia como la única verdad: Creacionismo.
Con respecto a las nuevas corrientes del darwinismo cabe citar el fundamentalismo darwinista, explica los aspectos fundamentales del  comportamiento animal y su tendencia a preservar y propagar a la descendencia el mayor número posible de los propios genes. Estos últimos son, en definitiva, los que gobiernan la evolución. Estos darwinistas han intentado demostrar que toda complicación de la vida humana, egoísmo, hipocresía, etc. se deben en el fondo a esos pequeños genes.
En el campo de la antropología, la aplicación del evolucionismo lleva a buscar los mecanismos que aseguran la supervivencia de los grupos humanos actuales. Ello provoca un escenario donde todo el mundo se pasa la vida calculando la mejor manera de comer y reproducirse o también al presuponer una mentalidad parecida a la capitalista en todas las épocas y culturas, convirtiéndola en universal y justificándola como algo natural y eterno.
La propia experiencia nos dice que todavía hoy nos movemos por una gran variedad de motivaciones, entre las que destaca: el máximo beneficio.
El evolucionismo fue el primer paradigma auténtico de la arqueología y estuvo en una posición dominante durante el XX. Pero esta no fue solo la época de Darwin, sino también de Marx, Engels o Spencer. A mediados de siglo se produce una reaparición de las teorías evolutivas en antropología y arqueología, pero proponiendo que el modelo no fuera tan simple. Acabaran siendo fuertemente unilineales.
El evolucionismo funciona bien para explicar comportamientos básicos en condiciones tecnológicas más bien simples, pero experimenta graves problemas al tratar algún tema como puede ser la complejidad social. Aquí todos han tenido que aceptar una cierta direccionalidad de un proceso que muestra una rapidez cronológica nada consecuente con el concepto de evolución.
La crítica al darwinismo lo ha tenido difícil, ya que ha tenido un gran éxito por ser capaz de explicar acontecimientos fundamentales de la realidad a largo plazo; pero este es el punto débil donde pueden quejarse los críticos, la evolución nos dice lo que pasa en una escala de millones de años, cuando los seres vivos en comparación paneas vivían unos segundos.
Al concentrarse en procesos de tan largo plazo, le supone atribuir propiedades mágicas al ADN y la falacia de su argumento es suponer que la forma precede a los procesos que la originan.

3.4 La Nueva Arqueología.

Este concepto nace en 1958 y se sirve del interés y la necesidad por poder analizar, sintetizar y comprender toda la información que se extraía de las excavaciones de los yacimientos arqueológicos.
Si bien al principio se intentaba extraer una cultura arqueológica, la búsqueda de unas entidades que buscaban la existencia de una serie de artefactos comunes en una zona y época concreta, sin importar cómo se producía esa entidad en sí, pasado un tiempo se fueron buscando respuestas más profundas para la existencia de esas entidades, es decir, no sólo el qué pasó, sino el por qué pasó.
Para esto, necesitamos entender la propuesta de Clarke, que indicaba que todos los componentes de un sistema sociocultural y medioambiental estaban conectados entre sí y producen un resultado concreto en cada momento. Esta nueva corriente de estudios arqueológicos, por lo tanto, plantea las hipótesis de manera cuantitativa, naciendo así las estadísticas en la arqueología, que se aplicarían de forma práctica para entender cada elemento de los sistemas ya mencionados y encontrar un modelo “matemático” de covariación.
La Nueva Arqueología se sirve de diversas corrientes de estudio, por ejemplo el difusionismo, que afirma que las ideas surgen y se expanden mediante la difusión (contacto entre culturas) y la migración de los grupos sociales. Por lo tanto, la Nueva Arqueología busca el centro o centros de invención de una técnica para entender la difusión de la misma y comprender así las relaciones entre grupos sociales y territorios.
Otra de las hipótesis típicas de la NA es la de Binford que dice que la dependencia de los grupos paleolíticos con respecto al alimento almacenado aumentará cuanto menor sea la diversidad de alimento conseguible, al menos fuera de los territorios tropicales. Relacionado con esta “economía” se estudia también la demografía de una zona, ya que podemos aproximar la demografía existente en un territorio y una época según los  restos arqueológicos encontrados y hay una estrecha relación entre los habitantes de un medio y su capacidad sustentadora.
En este capítulo nos centraremos en la aplicación de la metodología a la teoría desarrollada por la Nueva Arqueología.
Todos sabemos que los métodos de excavación han ido cambiando, desde una excavación como mera recopilación de datos sin una cronología concreta ni un estudio espacial de los restos, hasta la “nueva metodología” que incluye exámenes exhaustivos de los restos, su composición, datación cronológica, colocación dentro de los yacimientos y el estudio del entorno del yacimiento. Pero, en la práctica, ¿qué debería hacer, a grandes rasgos, un arqueólogo que excave e investigue un yacimiento? Obviaremos el planteamiento económico del tema para pasar a una explicación básica de la investigación en sí del yacimiento.
En primer lugar, deberíamos empezar un proyecto científico que aborde un tema de investigación sobre un tema concreto a estudiar en el pasado. Para ello, plantearíamos una serie de objetivos a estudiar, con interés académico y científico. Se comenzarán a realizar una serie de estudios de la zona, una búsqueda intensiva de información que pueda ayudar a la hora de la investigación, desde mapas de todo tipo hasta estudios geológicos e incluso una serie de extracciones previas que nos ayuden a comprender la riqueza material del yacimiento y precisar, si se pudiera, la cronología básica del mismo, viendo las capas sedimentarias que en él aparecen.
 Junto a la persona que dirige este proyecto, habrá especialistas en cada campo de investigación para realizar una investigación más completa (geólogos, paleontólogos, antropólogos…) y una serie de excavadores, normalmente voluntarios.
Comenzada la campaña de excavación, comenzarán a su vez varios trabajos, el de excavación propiamente dicho (aunque debemos entender que muchas veces se empieza simplemente con una tarea de limpieza superficial del yacimiento) y  la documentación detallada de todo lo extraído. Además, se cribarán los restos de sedimentos en busca de más materiales y estos también se documentarán debidamente y siguiendo unas normas establecidas por el director o directores del yacimiento.
Una vez acabada la campaña de excavación, los materiales serán estudiados con mayor detalle por los expertos, se realizarán una serie de tablas estadísticas que reflejen unos datos fiables de lo encontrado en el yacimiento, de cómo se encontró y de la superposición cronológica de unos y otros materiales. Estudiado esto, los expertos establecerían unas conclusiones comunes entre todos los materiales encontrados y la relación de los mismos con el entorno; por ejemplo:
En un yacimiento se encuentran restos animales y restos de materiales líticos. Los restos animales (principalmente herbívoros) tienen marcas de descarnado realizadas por los homínidos correspondientes, están muy fragmentados por la acción de los mismos y no hay prácticamente piezas completas ni ninguna extremidad completa. Además, hay más de un 80% de restos óseos quemados. Por otra parte, los restos líticos son en su mayoría de sílex, bifaces o lascas retocadas y sin retocar, los núcleos son prácticamente inexistentes y la mayoría de útiles se realizan sobre lascas. La fuente de sílex está a unos 2 kilómetros del yacimiento.
El estudio de estos datos por separado es totalmente inútil, pero sí es útil si se estudia en su conjunto. Nos encontramos ante unos homínidos que sacarían grandes lascas de sílex desde la fuente de sílex más cercana, y la transportarían hasta el yacimiento para acabar de retocar allí los útiles: no se molestaban en llevar el núcleo completo. Los útiles nos indicarían la etapa del Achelense. Los restos de los animales serían también trasladados al yacimiento despiezado, (practicidad), sin un traslado de grandes dimensiones y sería muy aprovechado en el yacimiento. Además, el fuego se utilizaba en la mayor parte de las piezas, lo que nos indica que el uso del fuego está controlado, lo que lo situaría a partir del Achelense Medio.
Es decir: las conclusiones del conjunto total de los restos nos llevaría, junto a las dataciones realizadas, a estipular que nos encontramos en el Achelense Medio.
Realizadas las conclusiones, se empezarían a realizar las publicaciones sobre el tema, para difundir la información obtenida en la investigación, dar a conocer el yacimiento y poder hacer estudios comparativos con yacimientos de la zona ya estudiados con anterioridad o servir como referente a los yacimientos cercanos en tiempo y espacio que se excavarán e investigarán en el futuro.
 Pero la Nueva Arqueología no pretende que simplemente se estudien los yacimientos de modo individual, pretende también encontrar unos patrones de conducta heredados o unos nuevos patrones de conducta que nos ayuden a comprender la psicología de las civilizaciones pasadas. Pretende estudiar la cultura.
Y es esa cultura la que se encuentra en las conclusiones de las investigaciones arqueológicas individuales, pero es también esa cultura la que podemos obtener si encontramos unos patrones comunes a varios yacimientos cercanos.
El estudio de los restos funerarios, estudios como los de Binford, nos ayudan a entender la psicología del individuo del pasado, pero nos ayudan a entender también la economía, el rango o posición social de cada individuo, y el conjunto de individuos nos ayudan a entender la composición de la sociedad. Desde los ajuares funerarios, al arte rupestre o la cerámica, podemos comprender esta evolución y una gran cantidad de información sobre la cultura de esa sociedad estudiada.
No encontramos restos humanos en el yacimiento que hemos ejemplificado antes y la respuesta es sencilla: no eran enterrados allí. Pero si encontrásemos cien cuerpos con un enterramiento individual (algo imposible en la época que hemos ejemplificado) y sólo uno de ellos con un ajuar funerario, comprenderíamos que era el líder de aquella sociedad. La ejemplificación constante son los estudios que se realizaron del Neolítico durante esta “nueva arqueología”.
Lo que sí es cierto es que las hipótesis pasadas y actuales, aunque a veces tienen similitudes, no siempre coinciden entre sí, como es el ejemplo de David Lewis-Willians, que considera el arte rupestre como representaciones alucinatorias de chamanes en trance,  frente a las teorías de que el arte rupestre transmitía mensajes para la supervivencia del grupo, las de Wobst que lo relaciona con la complejidad de los grupos sociales o Bar-Yosef que habla de religión o ideología común en este arte.

Es decir: las interpretaciones en ocasiones pueden ser diversas y no necesariamente dos fenómenos cercanos en tiempo o espacio tienen que estar relacionados entre sí, por lo que la Arqueología sigue reinventándose hacia una teoría unificadora que sirva como “manual de referencia” para todos los estudios del pasado.

Historia de la Arqueología

1. Introducción.

El autor de la obra es Víctor Manuel Fernández Martínez, arqueólogo especializado en prehistoria y catedrático de la Universidad Complutense de Madrid.
En esta obra planteará una historia y metodología de la arqueología, uniendo ambos y ejemplificando en todo momento sus planteamientos.
Analizando la introducción se pueden ver los planteamientos del autor y los objetivos que pretende mostrar en la obra, comenzando por destacar el sentimiento que según él mueve a todo arqueólogo, y es el sentimiento de descubrir que hubo más allá de los restos que estudian día a día. Llega a presentar el hecho de que muchos piensan que detrás de estos restos, detrás de lo estudiado, se encuentra la respuesta al porqué de lo que se vive en la actualidad histórica. Quizás tras este hecho se encuentra toda la justificación del autor sobre la importancia del arqueólogo y la arqueología en la sociedad cómo testigos de los restos que el pasado nos ha legado, persiguiendo la obra ese objetivo de mostrar lo que mueve al arqueólogo en torno a esa premisa.
Al plantear más adelante en el libro la metodología de la arqueología expondrá el hecho de que la misma no es una ciencia tan pura cómo cualquier otra, incluidas las ciencias sociales, por el hecho de radicar las cuestiones principales en el ser humano, al igual que las interpretaciones, estando pues sujetas a lo que cada uno quiera plantear.
No obstante, esta idea al justificar la arqueología cómo ciencia es un problema que cualquier ciencia social percibe por ser ciencias humanas, y por lo tanto sometidas a juicios sociales, personales, y otras muchas variables más. Esto se agudizaría ante la cada vez mayor relación de la arqueología con otras disciplinas, más allá de la historia, tal cómo es la antropología, o incluso con otras ciencias cómo biología, física, etc., es decir, se agudiza la problemática de justificar la arqueología cómo ciencia al añadirse las problemáticas de las otras disciplinas de las que se sirve y ayuda.
A pesar de todo, queda patente la unión de la arqueología a la historia y otras disciplinas, de las cuales beben mutuamente en sus trabajos, siendo otro aspecto que tratará el autor al ejemplificar la metodología actual y al ejemplificar nuevas tendencias cómo por ejemplo la Nueva Arqueología.
En esto el autor defenderá la arqueología cómo ciencia conjunta, pero no dependiente, es decir, que rompe con el hecho de ver la arqueología cómo herramienta de otras disciplinas.
Por ejemplo, plantea la arqueología cómo una ciencia conjunta a la historia (oponiéndose a la clásica visión de la arqueología cómo herramienta menor de la historia), y destaca el hecho de que se han de formar arqueólogos y no historiadores especializados, en la medida en que el buen trabajo lo da el conocimiento metodológico antes que la especialización contextualizada, planteando el ejemplo de que un arqueólogo a pesar de que este formado cómo arqueólogo – prehistoriador, realizará mejor el trabajo de una excavación medieval que un historiador medievalista sin conocimiento sobre metodología arqueológica.
También plantea el autor que la arqueología a través de los años se ha ido ligando a las fuentes escritas en general, y ha ido bebiendo de otras disciplinas cómo la antropología socio-cultural (por ejemplo), para poder dar un análisis y comprensión mejor de los estudios que se estén realizando, dando lugar a especialidades cómo por ejemplo la etnoarqueología.
Fernández Martínez en este punto, siguiendo con su planteamiento sobre los objetivos que el libro pretende abarcar, plantea la división de los apartados metodológicos, poniendo en práctica la variable organización de los mismos según la evolución histórica que sigue la metodología arqueológica, así cómo la variabilidad de la misma en función de su grado de base empírica y las distintas posturas que surgen en función a las distintas interpretaciones metodológicas y conceptuales de la arqueología a través de la historia.
Para finalizar con la introducción de las ideas del libro, el autor remarca los cambios que la nueva edición recoge, y que ponen de manifiesto la evolución anteriormente mencionada de las teorías que componen la arqueología, pudiendo el autor recoger en el libro los nuevos avances que desde la primera edición habían sufrido la arqueología y sus órganos metodológicos y teóricos.  
En cualquier caso, a continuación veremos desarrolladas todas estas ideas que el autor plasma en su obra.

2. Historia de la Arqueología.

Al enfocar esta disciplina, los historiadores podemos elegir su perspectiva dentro de un abanico amplio de posibilidades. Dentro de este ámbito teórico variable nos encontramos con dos extremos. Por un lado está el hiperpositivismo tradicional, y por el otro el relativismo posmoderno. Dentro de este abanico de posibilidades, si los historiadores actuales, en general, tuvieran que elegir una teoría por la cual mirar y estudiar la arqueología, sería el relativismo posmoderno, tal vez por ser más reciente y este todavía viva la emoción de su “descubrimiento”.
Este postulado teórico tuvo su momento estelar con la publicación de La estructura de las revoluciones científicas (1962), de Thomas S. Kuhn. A partir de esta obra se estableció que la ciencia no evoluciona de una manera continua, sino que lo hace por cambios bruscos, denominados “revoluciones científicas”, entre los cuales se encuentran periodos más largos en el tiempo, denominados períodos de “ciencia normal”, en los que domina un mismo paradigma. Pero a diferencia de las ciencias físico-naturales, la arqueología, y otras disciplinas humanistas, no presentan, ni siquiera en las épocas de “ciencia normal” o estable, un mismo paradigma. En la arqueología, se entre mezclan y compiten éstos por la atención de los investigadores. Y, en cada comunidad científica, prevalece un paradigma particular que ejerce el papel dominante.

2.1 Los primeros ensayos. Antigüedad y Edad Media.

Por lo que sabemos, o más bien deducimos, los orígenes de la arqueología tuvieron que ser míticos, explicando el origen de los hombres mediante el recurso a una historia o alegoría, más o menos fantasiosa pero ligada a la religión. Este suceso provoca que la realidad contada en dicha historia no se corresponda con la realidad del ser humano del momento. En estas historias aparece constantemente la figura de una deidad la cual se relaciona con los seres humanos en su origen, por lo que “nos” presenta como un ser vivo con una constante fuente divina o también, se nos presenta como unos seres que se separaron de las divinidades mediante unos procesos de caos. De todas maneras, en estas historias fantasiosas los elementos humano-dios/es aparecen siempre entremezclados, y a la vez son elementos necesarios como impulsores de un hecho. Pero estos mitos que se presentan por separados para explicar y hacer entender pequeños sucesos, tanto de la vida cotidiana como de lo extraño, se encuentran perfectamente tramados en el conjunto de una religión que explica de esta forma el pasado y justifica el presente.
Pero estas historias que se contaban en la Antigüedad y en el medievo, son de suma importancia ya que compondrán la denominada cultura “occidental”. Esta cultura tiene su origen en las tradiciones grecorromanas, influidas a su vez por mitologías orientales, que con posterioridad se entremezclaron con los ritos judaicos, así han llegado a nuestros días. Pero esta mitología no tiene una sola línea de pensamiento, sino que al principio de la cultura grecorromana aparece, por un lado, la visión del origen y evolución humanos como una caída o degradación continua (ideas como la “Edad de oro” de Ovidio o la idea del “Paraíso Terrenal” judío, pertenecerían a esta primera corriente); y, por el otro lado, se encuentra el concepto de la ininterrumpida progresión moral y social del hombre (seguidores de esta corriente son, por ejemplo, los autores romanos Lucrecio  Diodoro de Sicilia, que ven al hombre como un animal que ha ido ascendiendo en un largo proceso sobre el resto de los animales).
Pero todo esto eran teorías, y la arqueología es una ciencia eminentemente práctica, pero en la Edad Antigua apenas se intentó conectar dicha teoría con la práctica, y aunque se recogieran objetos artísticos y de valor (el primer “museo” conocido se creó en Mesopotamia en el siglo V a.C.) se despreciaban las ruinas. Y algo muy parecido ocurrió en la Edad Media, en donde solo quedaban las interpretaciones campesinas de tipo mágico como única opción a la ciencia teológica oficial. Incluso, algunos tratadistas de la época recogieron la idea de que ciertos útiles líticos tenían un origen celestial.
En este sentido, otra idea muy popular en la época, era la existencia de unos antepasados comunes gigantescos. Por lo tanto, esta teoría seguía la corriente de la degeneración de la raza humana, en este caso física, a partir de los orígenes.

2.2 Renacimiento e Ilustración.

El Renacimiento supuso un cambio en las mentalidades que afectó y produjo un gran avance en la arqueología. Aparecieron entonces las primeras colecciones amplias de objetos artísticos de épocas anteriores, entre las que destaca la del Vaticano. Este renacer de las ciencias y filosofías antiguas, olvidadas durante la Edad Media, hace que podamos hoy colocar en ese momento el nacimiento de la denominada “mentalidad científica”. Por ende, la ciencia de la arqueología da también sus primeros pasos.
Por otro lado, los descubridores de las nuevas tierras americanas, y en especial los misioneros trajeron largas colecciones de útiles y objetos primitivos semejantes a los hallados en Europa, por lo que la comparación e incluso identificación de funciones entre unos y otros parecía lógica (uno de los primeros que percibieron estas semejanzas y compararon útiles europeos y americanos fue el italiano Pedro Mártir de Anglería, historiador de las Indias a manos de la corona española). Ante este hecho, la tradición académica no tardó en incorporar la nueva interpretación y se comenzó a rechazar la idea del origen celestial de los útiles líticos. Toda esta conjunción de sucesos y teorías serán la base de la moderna arqueología.
Durante los siglos XVII y XVIII, el centro innovador se trasladó de Italia a Francia, donde se favorecía la continuación de estas ideas. Son ahora sobre todo los jesuitas los que siguen la tradición arqueológica anterior, basándose en la observación de los abundantes restos prehistóricos franceses y su comparación con los norteamericanos. Entre estos jesuitas destaca Joseph-François Lafitau, misionero en Canadá, quien escribió, en 1724, Costumbres de los salvajes americanos, comparadas con las costumbres de los primeros tiempos. Con esta obra, Lafitau, fue uno de los precursores de la teoría evolutiva, al afirmar que todas las civilizaciones pasan por unos estadios primitivos hasta ir evolucionando con el paso del tiempo. De sus ideas se dedujeron luego consecuencias teóricas muy importantes, como el método etnográfico y el relativismo cultural.
Pero no será hasta la Ilustración cuando se extienda y se consolide otra tendencia que hoy tiende a verse negativamente por muchos arqueólogos: el coleccionismo o tradición de los “anticuarios”. Esta corriente buscaba sobre todo desvelar los orígenes del propio país. Se desarrolló con mayor fuerza en la Europa central y nórdica, ligado al patriotismo incipiente de esas naciones que se afirmaban en el protestantismo y la economía capitalista, pero que carecía de restos de civilizaciones antiguas gloriosas, e intentaron que los pueblos antiguos estuvieran a la misma altura que los grandes pueblos mediterráneos. Esto nos muestra como la arqueología ha estado íntimamente unida desde sus inicios a los movimientos nacionalistas. Este hecho, que puede parecer negativo, no lo es tanto si pensamos en el impulso que el nacionalismo supuso para el desarrollo histórico de la disciplina.
Pero no solo se daba este tipo de arqueología basada en el nacionalismo de cada país, también había un tipo de arqueología denominada “anticuarios extranjeros” o directamente “colonialista”, que desde finales del siglo XVIII y durante todo el siglo XIX se dedicaron a despojar los restos más importantes de las áreas colonizadas, en especial las arqueológicamente más ricas, como Mesopotamia o Egipto. Como resultado, obeliscos, estatuas, templos, etc. se pueden encontrar hoy muy lejos de sus lugares originales. Estas actividades representan todo lo contrario a la arqueología de anticuarios, ya que utilizan la arqueología para enriquecer el país pero expoliando a la colonia. Pero no todo era enriquecer el país sin más, no. Estas expoliaciones tenían también un objetivo científico  y provocaron avances importantes como el desciframiento de la escritura egipcia por Champollion en 1821; y desde el punto de vista metodológico supuso un avance en el refinamiento de las técnicas de excavación.

2.3 Problemas con la Geología.

A comienzos del siglo XIX existía ya una cierta idea de que los restos arqueológicos correspondían a los humanos prehistóricos anteriores a los romanos, que se podían relacionar con los pueblos primitivos. Pero todo ello no bastaba para construir una ciencia histórica, ya que no se disponía aun de ningún método para medir el tiempo de la prehistoria, no en sentido absoluto ni en el sentido relativo.
La ciencia oficial seguía todavía los dictados de la Biblia y este texto daba una idea aproximada del tiempo transcurrido desde la creación, que fue calculado por el arzobispo de Armagh, James Ussher, colocando la formación del mundo en el año 4004 a.C. Esta fecha, tan precisa por un lado y tan errónea por otro, se aceptaba en los medios académicos y asimismo se creía que todas las especies habían sido creadas por Dios en la misma forma y variedad que tienen actualmente (teoría evolucionista). Sin embargo, la ciencia geológica iba avanzando y estudiaba la enorme variedad de animales fósiles que eran recogidos en los depósitos y que mostraban el cambio de las diferentes especies. Esto contradecía totalmente el modelo bíblico y creaba no pocos problemas de conciencia en los naturalistas, que no sabían cómo interpretar la evidencia que iban descubriendo.
Georges Cuvier, trató de solucionar esta cuestión, proponiendo la existencia pasada de una serie de catástrofes que aniquilaron sucesivamente todas las especies, las cuales eran creadas de nuevo por Dios, de una manera más perfeccionada (teoría catastrofista). El Diluvio Universal narrado en la Biblia fue el último de estos cataclismos. Se proponía la existencia de veintisiete o treinta y dos estratos geológicos que correspondían a los diluvios o catástrofes. George de Buffon elevó ya a ochenta mil años la edad de la Tierra y dedujo que el hombre tenía que haber sido creado después del penúltimo de estos desastres naturales, de origen divino. Pero rápido esta teoría de Buffon quedaría en entre dicho, ya que John Frere descubrió en Hoxne (Inglaterra) unas piedras talladas, hoy llamadas “bifaces”, al lado de restos de grandes animales desaparecidos, que entonces se denominaba “ante-diluvianos”. Por lo tanto, dedujo que existió un hombre “ante-diluviano”, lo cual no era admitido por la Iglesia. Según avanzó el siglo XIX, se sucedieron descubrimientos similares.
Mientras tanto, la geología y la biología sufrían también importantes cambios. El escoces Charles Lyell fundaba la geología moderna con su obra Principios de Geología, que rompía con la teoría catastrofista afirmando que no se podía admitir en el pasado procesos diferentes de los conocidos en la actualidad, que no son súbitos sino graduales. Charles Darwin, se decidió a publicar el resultado de sus descubrimientos en El origen de las especies, punto de partida de la teoría evolucionista.
Otro importante descubrimiento vino a poner la guinda sobre esta primera combinación de teoría y práctica en la historia de la arqueología prehistórica: se sabía que la humanidad era muy antigua y se conocían los objetos que habían manufacturado pero hacía falta encontrar sus propios restos. Y esto fue lo que sucedió cuando unos obreros descubrieron los restos del “hombre de Neanderthal” en la villa alemana de Neander en 1856. Los restos de este hombre fueron aceptados por la comunidad científica como los restos de nuestros más antiguos antepasados.
A lo largo del siglo XIX, por lo tanto, se colocaron las bases de la arqueología prehistórica moderna, al insertar el origen y evolución del hombre en el entramado evolutivo de la Tierra misma (geología) y del resto de los animales (biología). El ser humano ya no era algo diferente y original colocado por Dios para reinar sobre el universo, sino el último producto, hasta ahora, del errático camino seguido por ese mismo universo. Desde que se impuso esta visión, las ciencias naturales han sido inevitables y necesarias auxiliares de la historia.
Los avances que se han resumido hasta el momento, se refieren al aspecto de cronología absoluta. La misma medición de ese tiempo se perfeccionó con los progresos que realizaba la física, y Lord Kelvin ya colocó la edad de la Tierra en más de un millón de años basándose en la teoría termodinámica y en los escritos de Fourier. No obstante, habrá que esperar a las aplicaciones de la física nuclear a mediados del siglo XX para que la prehistoria cuente con unos “relojes” relativamente fiables. Antes hubieron de interesarse más en la cronología relativa, el orden  en que se sucedieron los hechos y los fósiles humanos. En esto ofreció una gran ayuda la geología, al contar con un método de ordenar los niveles geológicos, denominado “método estratigráfico”.
Sin embargo, el primero que comprobó en la práctica un sistema de cronología relativa, no fue ni un excavador ni un geólogo, sino lo que hoy en día denominaríamos como “conservador de museo”, el danés Christian Thomsen.
En resumen, los objetos antiguos que estudia la arqueología dejaron de ser unidades aisladas y empezaron a tener sentido sólo a partir de este momento. No obstante, paralelamente, a lo largo del siglo XIX y de la primera mitad del siglo XX se realizaron los descubrimientos más importantes, como los restos de nuevas especies humanas (Cro-Magnon en Francia, Erectus en Java y China, Australopithecus en Suráfrica), y se excavaron los yacimientos arqueológicos que sirvieron para definir la mayoría de las culturas prehistóricas hoy conocidas. Desde el punto de vista teórico, ese período fue también el de la implicación de los dos primeros paradigmas de importancia en la arqueología.

2.4 Los primeros paradigmas modernos: Evolucionismo e historicismo.

En la historia del pensamiento europeo se entiende por “moderno” al paradigma metateórico general que se concretó en la Ilustración y que básicamente defiende la unidad psíquica del género humano. La base de las ideas evolucionistas estaba ya contenida en el paradigma ilustrado, aunque todavía no se conociera prácticamente ningún dato que las corroborara.
Otra característica del paradigma fue su identificación con las posiciones políticas progresistas, pues surgió de la mano de la emergente burguesía en su lucha contra los estamentos privilegiados. Cuando esta misma burguesía que lo había apoyado, conquistó o pactó su acceso al poder las ideas evolucionistas les dejaron de serles atractivas. Tal vez, esto explica que la arqueología se desarrollase teóricamente más durante la primera mitad del siglo XIX en las zonas periféricas de Europa, como en Dinamarca o Escocia.
Sin embargo, poco después de mediados de siglo publicaron sus obras más influyentes dos autores ingleses, Spencer y Darwin. Herbert Spencer asoció los principios de la evolución con la iniciativa privada y el individualismo e identificó el paradigma ilustrado con el liberalismo económico y así lo despojó de sus primeras asociaciones revolucionarias. Por otro lado, el principio de selección natural de Darwin fue traspasado rápidamente a la evolución cultural, creando el “darwinismo social” y la idea universal de la “supervivencia de los más fuertes”, también influencia de Spencer y Galton.
El cambio que esto produjo fue sutil pero importante: todos estamos sometidos a las leyes de la evolución, pero en ese único camino, unos van por delante de otros porque han hecho más “méritos”, y las desigualdades que el la tradición de la Ilustración apenas eran recalcadas se convierten ahora en decisivas. El prestigio del darwinismo sirvió indirectamente para justificar las viejas ideas racistas, que defendían el origen por creación divina de las distintas razas.
El paradigma evolutivo aplicado a la arqueología quedó establecido en este momento y donde mejor se expresó fue en el volumen Prehistoric Times, de John Lubbock, Lord Avebury. Donde más crudamente se manifestó este exagerado etnocentrismo fue en la arqueología colonial, en la que nunca se admitía que los antepasados de los actuales nativos fuesen los autores de los restos más importantes que se descubrían. Así, los colonos europeos creían que estas grandes obras fueron realizadas por antiguos viajeros europeos o asiáticos.
Esta fue también la época del entusiasmo evolucionista en antropología, que llevó a un consenso bastante general en el paradigma del evolucionismo unilineal: todos los pueblos debían pasar obligatoriamente por una serie de estudios culturales. Pero de forma paralela, se iban creando las bases de una tradición contraria, particularista en vez de generalizadora, la historicista que luego triunfaría en el siglo XX.
Esta teoría fue también impulsada, igual que lo fue en su momento la arqueología, por los nacionalismos, que impulsó la búsqueda de los orígenes de distintos países, como por ejemplo los que formaban el imperio austro-húngaro y aspiraban a la independencia.
Paralelamente, en antropología se produjo al mismo tiempo una reacción contra la rigidez del modelo evolucionista unilineal, y toda una nueva generación de antropólogos empezaron a considerar cada cultura humana como una entidad única, que debía ser entendida en sus propios términos, que siempre son resultado de una secuencia histórica y particular de acontecimientos (particularismo histórico). Y en consecuencia, como antítesis del evolucionismo que creía más en la capacidad inventiva humana, la explicación del cambio cultural ahora preferida era la difusión (difusionismo), es decir, los inventos y avances técnicos se produjeron en muy pocos sitios y de ahí se propagaban a todos los demás, bien por contacto (aculturación), bien por migración o invasión militar.
Hacia mediados de siglo, los etnólogos alemanes empezaron a usar la palabra “cultura” para referirse a sociedades campesinas que evolucionaban más lentamente que las “civilizaciones”  y poco después todos los antropólogos hablaban de “culturas primitivas” para referirse al conjunto de conocimientos, creencias y costumbres que adquirían los seres humanos por ser miembros de una sociedad.
Y, aunque el objetivo era identificar a los autores históricos de esas culturas arqueológicas, a medida que se iba hacia atrás en el tiempo los grupos humanos eran cada vez más anónimos. En general, las culturas se llamaron por el nombre del yacimiento donde primero fueron descubiertos.
Varios arqueólogos marcaron esta época, todos ellos de países nórdicos europeos: Montelius, Kossinna y Gordon Childe.
Oscar Montelius, es uno de los nombres más importantes de esta época, en lo que arqueología se refiere, ya que fue el primer autor en elaborar una síntesis de la prehistoria final europea, organizada mediante la ordenación cronológica de los hallazgos compuestos por muchos elementos del Neolítico, Edad del Bronce y del Hierro, luego divididos en períodos que todavía hoy, aunque con distintos nombres, son usados por los prehistoriadores del continente. Otra de sus ideas básicas fue la llegada por difusión desde el área nuclear del Próximo Oriente de todos los avances técnicos que se registraron en Europa durante los períodos anteriores.
Otro gran autor, aunque con ideas muy racistas y de supremacía racial, fue Kossinna, quien estableció el canon del enfoque histórico-cultural con su descripción completa de la prehistoria europea dividida en un rico mosaico de culturas, correspondientes a tribus y grupos culturales, huella de los grandes pueblos (entre los que destaca al pueblo alemán), abandonando definitivamente todo concepto evolucionista, además de fijarse en los modos de vida prehistóricos y  no únicamente en la tipología de los artefactos.
Y, el último de estos grandes autores de esta época es Gordon Childe. Este autor siguió en las síntesis que publicó Kossinna en los años veinte sobre la prehistoria europea, aunque Childe mantuvo la marca británica del difusionismo oriental como explicación última. Ya en esta época, contribuyó a la concreción del concepto de cultura. La mayoría de las culturas se definían por un número reducido de “fósiles directores”, que son unos tipos de artefactos característicos de cada una de ellas, a los que aplicó un entonces novedoso enfoque funcionalista.

Por último, antes de mediados del siglo XX aparece un nuevo enfoque, ya desarrollado por Childe, que es el funcionalismo y que tras su implantación en la arqueología norteamericana durante los cuarenta y cincuenta, y empujado por la neopositivista filosofía analítica se fusionó con una renovada visión del viejo evolucionismo para dar en los sesenta y setenta el que hoy es todavía el paradigma dominante en la escena internacional: la Nueva Arqueología o arqueología procesual.